Gracias a todas y a todos por enviarnos vuestros cuentos. 

Hilos de luz violeta

S.H.López-Pastor e imágenes Ainara G. Álava - 

—¡Nalda! —expuso Jairo examinando con sus grandes ojos aquel hilo de luz. 

El duendecillo de la vid se aproximó a una de aquellas cepas cada vez más  parduscas debido a la costumbre del sol por recogerse cada atardecer. Era cierto  que la cepa se oscurecía a causa de aquella costumbre, sin embargo, entre sus  sarmientos y hojas de colores, unos extraños hilos de araña formando parábolas se hacían más y más visibles. Lo eran a causa de un insólito brillo violáceo.  Similar a un matiz morado. Diríase que rosáceo, lila o malva… No. Mejor. Violeta.  Eso es. Violeta. Eran gruesas fibras de araña color violeta. Y era un color tan  llamativo que atraía ciertamente la atención. 

Lucía volteó la cabeza. Se encogió de hombros y giró el extremo de las plumas de sus alas solicitando una aclaración.  

Y Jairo rio. Primero en tibias risillas, que dieron lugar a unas grandes carcajadas. 

—Bien, mi querida amiga. Debes saber que nos ha tocado la lotería. La  mismísima lotería. El premio gordo. ¡Gordísimo! —soltó extendiendo sus  brazos—. Contempla esos hilos. ¿Los ves tú también? Se trata de una llamada.  La llamada de La criadora. —El duendecillo de la vid no podía contener su  emoción—. Te preguntarás. ¿Y quién demonios es La criadora? Pues bien,  debes saber que La criadora es el más fabuloso de los seres que desde tiempos  ancestrales habita en los calados de la región. Sí, en las cuevas de toda La Rioja.  Se mueve por inquietantes laberintos que recorren el subsuelo, de pueblo a  pueblo. Debes saber que ella posee el más increíble de los métodos. Utiliza un  proceso prodigioso, espectacular, brillante y que me es muy difícil de expresar en palabras. La criadora es una gigantesca y admirable araña que se alimenta  del néctar de las uvas, de sus cualidades. Una vez que los bodegueros reúnen  su cosecha en sus calados, ella los modifica. Tiene mucho por elegir porque,  aunque La Rioja es la comunidad más pequeña del país, sus tan afamados  viñedos son, como sabes, muy extensos. Y hoy… —El duendecillo profundizó  en los ojos de la cigüeña y agitó sus hombros—. Hoy…, amiga Lucía. Nos ha tocado el gordo. ¡Nos ha llamado! Quiere nuestra cosecha. Aquí lo pone —Jairo  cogió la hebra violada y se la mostró—, lo pone bien clarito: Nalda. ¿Lo ves? — y era cierto. Lo ponía en brillantes letras violetas—. Debemos llevar nuestra  cosecha a Nalda. Y lo haremos mañana mismo. No debemos perder tiempo. Rellenaremos los toneles y los colocaremos bajo el castillo. En sus tan portentosos calados. ¡Solo tenemos que hacer eso! —Lucía comenzó a sonreír, impregnada por la emoción que prodigaba su amigo. Tenía ganas de hacer lo  que el duendecillo le decía y sus ojos preguntaban más y más—. Esa misteriosa  criatura —continuó—, tiene la costumbre de sorber una porción del mosto que  elige. Luego, en un estado meditabundo, que incluso puede durar semanas, lo  transforma. Se alimenta de él, de sus propiedades, pero no solo eso. Sino que  introduce insólitos elementos sobrenaturales y consigue así ofrecer a ese mosto  cualidades que el más prestigioso de los alquimistas quisiera para sí. ¡Eso es!  —gritó dando una sonora palmada en el aire—. La criadora convierte el plomo  en oro. Y eso mismo hará con nuestra cosecha. Mañana. Mañana mismo la llevaremos a Nalda y, allí, la criadora le dará un valor mágico. 

Aquel día tras el agotador trabajo y antes de abandonar la localidad observaron  que en la plaza de La Tela se estaba tejiendo algo. Se trataba de una  concentración. Eso era. Era un gran número de jóvenes, niños y niñas que  atendían a una bruja con ropajes oscuros. Ella contaba una intrigante historia. 

—Ey, Lucía. ¿Lo ves? ¡Están contando cuentos! Vamos amiga. Apresúrate o nos  lo perderemos.  

Y, dicho y hecho, nuestros amigos se acomodaron entre la multitud y escucharon  la historia que la misteriosa bruja de sombrero picudo interpretaba.  

Todos estaban absortos por el relato. No obstante, la cigüeña frunció el entrecejo  para observar con mayor atención. Y es que… Es que…, lo que tanto intrigaba  a Lucía era ver que aquella bruja poseía un mirar diferente. Ella buscó la  complicidad de Jairo. Este, con una sonrisa, asintió y la cigüeña volvió a mirar a  esos ojos que no eran negros ni marrones, tampoco verdes ni azulados. Esos ojos, ese mirar, poseía el más translúcido y brillante color violeta. La bruja reparó  en la cigüeña, ahora hipnotizada y le guiñó uno de sus ojos.  

Al acabar la historia y desperdigarse la gente, Lucía advirtió que aquella  hechicera se perdía entre las callejuelas pareciéndole que de su negruzca figura  surgían terribles patas, para así convertirse en la más opulenta, horripilante y  misteriosa de las arañas. 

 Basado en la novela  / La criadora de S. H. López-Pasto



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Jairo libro leyendo

Merchita

Mercedes Etayo

Como cada mañana, Merchita se levantaba pronto para ir al  

colegio. Lo primero que hacía era ponerse un parche en el ojo y sus  gafitas. El médico le había recetado este tratamiento para curar su vista  enferma. A Merchita esto le incomodaba mucho, pero sabía que tenía  que hacerlo para que sus ojos se pusieran bien.  

Cada día Merchita iba al colegio a encontrarse con sus compañeras y sus profesoras.  Aquel día, al final de la jornada, la profesora les dijo: “como cada año, mañana vendrá el  fotógrafo y os hará una foto a cada una para el álbum del colegio y para vuestros padres”. 

Merchita salió corriendo del colegio a contárselo a su mamá que la estaba esperando.  Emocionada y contenta, esa noche se fue muy pronto a dormir y a la mañana siguiente, fue la  primera en levantarse y despertar a su mamá. Y como todas los días se puso sus gafas, su  parche, peino sus rizos y se vistió con el uniforme del colegio requeteplanchado, desayunó  rápido y dijo a su mamá “ya estoy lista, corramos, sino llegaremos tarde”.  

Por fin llegó la hora de entrar al cole y Merchita se sentó en su pupitre. Minutos  después llegó el fotógrafo y prepararon un fondo de escenario muy divertido, donde sus  compañeras una a una iban posando para la foto. Cuando le tocó el turno a Merchita, se  colocó en el sitio indicado y cuando el fotógrafo la vió, le dijo a la profesora “a esta niña no le  tomaremos la foto, pues tiene gafas y solo se le ve un ojo”. 

Aquello puso a Merchita muy triste y cuando llegó a casa, le contó lo ocurrido a su  mamá. Esta le dijo “hija, no estés triste, ese hombre no sabe lo que dice, porque cada niña es  diferente y a la vez todas iguales”. Su mamá la abrazó y la consoló. 

A Merchita no se le olvidó lo ocurrido durante mucho tiempo, pero siguió estudiando y divirtiéndose con sus compañeras. Pasaron los años, Merchita creció, sus ojos se curaron y se hizo cientos de fotos. Ya nunca más se perdió ninguna, porque así era ella y ya no le  importaba lo que dijeran los demás. 

 

El gran viaje al reino de las hadas

Silvia, David y Ayari (Almendra y Trabanca, SALAMANCA)

Érase una vez un pueblo donde vivían dos niños llamados Ross y Susana, era un pueblo mágico porque vivían magos.  

Ross y Susana tenían nueve años y cuyos sueños eran vivir en un castillo de Hadas.  

Así que un día decidieron emprender un viaje, pero con tan mala suerte que se perdieron por el bosque.  

De pronto encontraron un tunel con muchas ratas y murciélagos, les daba mucho miedo, pero apareció uno de los magos que con su varita hizo desaparecer a todos los ratones y murciélagos y al salir se encontraron con el Castillo de Hadas. 

Pero apareció el Rey Pepino y este no les dejó entrar porque necesitaban la llave mágica.  

Para encontrar la llave mágica necesitaban buscarla por el bosque, los niños caminaron durante días por todo el bosque y ya estaban muy cansados, hasta que de repente una luz brillante producida por los magos iluminó todo el camino hasta la llave. De esta manera los niños pudieron entrar en el castillo de hadas y cumplir su sueño.

Colorín colorado este cuento se ha terminado. 

 

Silvia, David y Ayari (Almendra y Trabanca, SALAMANCA)

Semillas Rizadas

Sitan Keita Luengo


A Sol le encantan los días soleados. Sol tiene largas piernas y pelo afro. Y siempre comparte una gran sonrisa de oreja a oreja. Hace tiempo, vivía con tranquilidad en su cabaña de colores, cerca de un gran bosque y a la orilla de un río. Un día apareció un chico extraño y malvado con unas grandes tijeras. Quería cortar el cabello de Sol porque creía que era mágico. Pensaba que así podría robar el poder de su pelo y esconderlo al mundo.Sol salió corriendo en busca de su barquito de madera guardado entre los árboles. Desplegó las velas y escapórío abajo, hasta llegar al mar. Durante un tiempo navegó por todo el mundo en busca de puertos seguros. Y tuvo la suerte de encontrar a muchas amigas que le ofrecieron cobijo y compañía en su camino. Un día, Sol descubrió la magia de su pelo: si se enterraba un mechón en el suelo, crecía un árbol gigante de forma muy rápida. Con asombro pero también con alegría,decidió cortar mechones y compartirlos para llenar de bosques todas las tierras que visitaba. En poco tiempo, el planeta se llenó de árboles poderosos que ofrecían sombra, alimento y escondite a personas y animales. Hasta los desiertos más secos del mundo comenzaron a llenarse de oasis. Desde entonces, Sol y sus nuevas amigas viajan por todo el mundo sembrando pelo mágico y ayudando a otras personas a protegerse de los malvados.FIN  

 

CUENTO-DE-SITAN

Saludos Covid

Mario Martínez-Losa Beriain

Guiño
Saludo de niño,
saludo con guiños,
cuco un ojo
y no me sonrojo.
Guiño y cierro
la ventana de mi cuerpo.
Guiño y parezco bizco,
y sí, soy bizco rico....
¡Bizcocho
de corcho!

 

Codos
Codo con codo,
hombro con hombro
no me asombro
y lo hago todo.
Aunque alguno dice,
sin tocarnos las narices,
que este saludo de elegancia
no respeta la distancia....

 

Cadera
Si te saludo de cadera
me resquebrajo entera
(y no te enteras).
¡Vaya locura,
que mi cintura
no se distingue de la cadera,
de veras!

 

Gorra
No llevo gorra,
ni llevo porra,
pero te saludo
haciéndome un nudo
con mi visera,
esa que no llevo puesta...
Agárrate,
agórrate...

 

Al aire
Muy resalado,
y con donaire,
te saludo al aire,
pero no airado.
El aire lleva
mi saludo que vuela.
El aire es mensajero
de lo que te quiero.

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El señor de la mirada triste

Kevin Muñoz Gómez / Mi mundo de paz y armonía (Municipio Boyeros. Cuba)


Una tarde al salir de la escuela, bajo un cielo nublado que amenazaba con lluvia, observé una situación desagradable. Algunas personas se acercaban a un señor inofensivo. Unos decían, que mal huele, otros exclamaban ¡Mira el loco ese¡ Nunca en mi vida había visto a ese señor, no parecía vivir cerca. 

Debía apresurarme para no mojarme, además comenzaba a oscurecer. Me sentía mal,  algo tenía que hacer. Hablé cerca de esas desalmadas personas, pero nadie me escuchó,   por un momento me sentí solo en este mundo de locos. Sí, el loco no es ese señor inofensivo. Locos son los que agreden física o verbalmente sin razón alguna. Pasaron tantas cosas por mi mente, quería ayudar, hacer, decir, pero nadie escuchó mi voz, mezclada con las voces crueles, ofensivas, risueñas e inhumanas de aquellas personas que se divertían con la situación. Comenzaba a lloviznar, las personas seguían allí, acorralando al pobre señor que miraba con una tristeza impresionante. Él no parecía entender nada. Solo miraba y no parecía estar ahí, como si estuvieran separados su mente y su cuerpo. Me alejé, debía marcharme, pero esa mirada, aquel hombre, no lograba olvidar esa escena. Llegué a mi casa, según mi mamá con la cara más triste que  ella había visto en su vida. Le conté el motivo, enseguida ella que sí me escucha y tiene un gran corazón, siempre dispuesto a ayudar a los demás, apoyó cada palabra que yo le decía, y mira que hablé ese día, lo confieso. Ella me explicó que ese señor quizás era paciente del hospital siquiátrico que está ubicado cerca de nuestra casa. Me habló sobre los problemas que muchas veces llevan a las personas a perder su salud mental y todo el apoyo y cariño que necesitan para recuperarse. Luego de la explicación, tomó un recipiente plástico, lo llenó de esa sabrosa comida que tenía preparada y me acompañó a ver al señor inofensivo de la triste mirada. Menos mal que no  llovía. Íbamos caminando muy rápido, queríamos encontrar al señor y ahora sí, con la comida en mis  manos y mi mamá a mi lado me sentía feliz. Ya estábamos cerca del lugar y se podía ver sentado sobre una piedra, debajo del mismo árbol, casi en la misma posición al triste señor. Mi mamá se acercó, primero le dijo unas palabras, luego le dio la cuchara y destapó aquel recipiente, del que salió un olor exquisito. El hombre se sintió atraído por el gesto de mi mamá, que fue  muy amable con él.

Mientras el señor comía, aunque no dijo palabra alguna, sus ojos parecían darnos las gracias. Este señor, años  atrás  había sufrido un accidente de tránsito, donde perdieron la vida su esposa y su único  hijo. Dicen, que desde ese día él quedó  así, triste e  inofensivo. Mi mamá tenía razón, él era paciente del hospital siquiátrico, estaba ingresado recibiendo tratamiento médico para recuperar su salud mental, ese día salió para ver a los niños. 

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Organiza: Asociación El colletero / Asociación PANAL  Colabora: Ceip Rural/  CRA Moncalvillo/  Bookolia

Grabación, edición y música: LA VENTANA DEL RUISEÑOR/ Comunicación y diseño web:  LOBETE DISEÑO